Cisma en Morena

Esto contradice el documento que Andrés Manuel López Obrador mandó a senadores de Morena en diciembre, a través de Adán Augusto López, donde señala que romper

“Cualquier tipo de diálogo con las organizaciones criminales es un espejismo. Siempre sale mal” dijo Omar García Harfuch. Esto ocurrió ante una plenaria con diputados de Morena en la Cámara de Diputados, acompañado por Ricardo Monreal, el viernes pasado.

Esto contradice el documento que Andrés Manuel López Obrador mandó a senadores de Morena en diciembre, a través de Adán Augusto López, donde señala que romper con la política de su sexenio de abrazos, no balazos amenaza con romper “la alianza entre gobierno y pueblo” y abre la posibilidad de una insurrección ciudadana contra el gobierno, encabezada por él mismo.

Las dos políticas radicalmente diferentes sobre cómo enfrentar el narcotráfico prefiguran una ruptura entre un sexenio y otro. La política propuesta por García Harfuch de confrontación y contención del narcotráfico rompe con la filosofía de “abrazos, no balazos”.

En su documento al Senado, López Obrador anticipó su rechazo a las actividades y políticas de García Harfuch. El vértice del conflicto conceptual de qué hacer con el narcotráfico se encuentra en Culiacán, Sinaloa, producto del dardo envenenado que Biden le clavó a López Obrador con el operativo clandestino para “extraer” al Mayo Zambada de México. A partir de ese momento, la política de “abrazos, no balazos” entró en una espiral declinante porque el gobierno mexicano perdió el control de los acontecimientos y del fenómeno del narcotráfico en general.

No sólo hay una guerra de alta intensidad en esa zona del país, también hay una exposición pública de la verdadera complicidad de los altos mandos de Morena con el cártel de Sinaloa, aún en sus dos grandes vertientes (Chapitos y Mayo Zambada). El gobernador Rocha es, aparentemente, el punto focal de esa relación y, por tanto, si cae él, caerán muchos otros. En uso pleno de lógica, y por obvias razones de seguridad interna, Morena no tiene cómo deshacerse de Rocha sin delatarse. La Presidenta ya dijo que no le toca destituir a gobernadores.

Aunado a la disputa al interior de Morena sobre la estrategia a seguir frente al crimen organizado, está la exigencia del nuevo gobierno republicano en Estados Unidos de atacar directamente a los cárteles del narcotráfico en México. La declaratoria de “terrorista” a los cárteles mexicanos implica la posibilidad de actuar en múltiples niveles contra el crimen organizado.

No sólo se les podrá señalar como culpables de terrorismo a los capos y sus operadores, sino también a sus socios, tanto dentro del ámbito empresarial como quienes en el poder político y en las fuerzas del orden nacionales colaboran con el crimen organizado. Hasta las empresas que pagan “derecho de piso” para poder seguir funcionando pueden ser acusadas de ser cómplices del crimen organizado.

La declaratoria de terroristas abrirá el camino a una mayor colaboración, quiérase o no, entre las agencias de seguridad estadounidenses y las fuerzas de seguridad nacionales. El gobierno del sexenio anterior excluyó, por no decir expulsó, a las agencias estadounidenses que operaban en colaboración con las fuerzas mexicanas. Primero lo hizo con los cambios aprobados a la Ley de Seguridad Nacional, y después simplemente de facto, los expulsó al negarles sus visas a agentes de la DEA, FBI y posiblemente algún otro.

El actual sexenio está replanteando esa política de exclusión, y García Harfuch ha sido recibido con beneplácito en Washington. Pero, cualquier cambio en materia de seguridad choca la política del sexenio anterior. Y la verdad desnuda es que al empujar la política de seguridad al nivel de confrontación con el crimen organizado, inevitablemente abre una caja de Pandora sobre las actividades, compromisos y complicidades entre autoridades y el narcotráfico durante el sexenio anterior. Abre una ruta de choque entre el sexenio anterior y el actual.

La amenaza de aranceles por parte de Estados Unidos no es exclusivamente por el asunto migratorio. Diría, incluso, que no es mayormente por el tema migratorio. Es fundamentalmente por los temas del crimen organizado en México, como cuestión de seguridad nacional de Estados Unidos, y por la revisión del T-MEC, para lograr el acceso pleno de empresas estadounidenses a los energéticos nacionales y algunos minerales preciosos.

La realidad es que México está en una situación de gran vulnerabilidad económica. Las políticas irresponsables de López Obrador dejaron al país a merced del vecino más fuerte. México está en una dinámica económica recesiva, y el sexenio anterior tuvo la peor tasa de crecimiento de los últimos 5 sexenios, por lo menos. Las políticas sociales, la inversión en megaproyectos inútiles y antieconómicos y el excesivo endeudamiento público deja a México con la perspectiva de un 2025 sin crecimiento y en rumbo a la destrucción de su institucionalidad gubernamental, con la reprobable elección del Poder Judicial, lo cual va a debilitar aún más al país.

Ante este crítico escenario nacional e internacional, el gobierno de México no tiene espacio de maniobra mayor. En las mañaneras inexplicablemente se habla de cómo los aranceles van a impactar a los consumidores estadounidenses, evadiendo explicar cómo los aranceles van a afectar a los mexicanos. Su impacto en México nunca se menciona.

Esas evasivas en las mañaneras también sirven para ocultar cómo el gobierno de México está manejando la situación, haciendo lo que Trump le pida, en materia migratoria, en seguridad y en materia de inversión. Controla la frontera norte y acepta a expulsados no-mexicanos, inicia la guerra contra los cárteles y abre el sector energético a la inversión extranjera. En vez de explicar las políticas que aplica, afirma tener “un Plan A, B y C”, lo que equivale a ocultar lo que sí hace.

¿Y Andrés Manuel López Obrador? Agazapado, por lo pronto, en espera de noticias del Imperio. Y observa cómo el gobierno maneja la situación de la reversión de las políticas de su sexenio. El símbolo de esa corrección en la política de seguridad se encarna en la figura de Omar García Harfuch y la desaparición de la política de “abrazos, no balazos”.

García Harfuch dijo textualmente en su comparecencia ante Morena en la Cámara de Diputados: “Las organizaciones criminales son quienes corrompen a autoridades (sic), quienes cobran pisos, quienes extorsionan. Cualquier tipo de diálogo con las organizaciones criminales es un espejismo. Siempre sale mal.” Con esa frase de García Harfuch, la política de “abrazos, no balazos” quedó aniquilada.

Pero las cosas no van a quedar ahí, porque López Obrador buscará ejercer músculo a través de su influencia en Morena para presionar al gobierno a que revierta las políticas actuales y adopte la suyas, las del “sexenio anterior”. Y, con ello, se avecina una división profunda en Morena. Viene un cisma.

POR RICARDO PASCOE

ricardopascoe@hotmail.com
@rpascoep

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